MARSIAS
Cuenta el mito que Marsias encontró un aulos, antiguo instrumento de viento abandonado por Atenea. Este sátiro aprendió a dominarlo hasta alcanzar una destreza extraordinaria. Pero Marsias no se conformó con ser admirado entre los mortales, hizo lo que nadie debía hacer: desafió a Apolo, dios de la música, y se atrevió a competir contra él. En un mundo construido para rendir honores a los dioses, Marsias decidió enfrentarlos.
Antes del duelo acordaron que el vencedor podría hacer lo que quisiera con el derrotado. La competencia fue tan pareja, que quienes debían juzgarlo no lograban decidir quién era mejor. Entonces Apolo cambió las reglas: invirtió su lira y exigió que Marsias hiciera lo mismo con el aulos, imponiendo una prueba diseñada para favorecerse y vencerlo.
Marsias perdió y Apolo no tuvo piedad. Lo ató a un árbol y lo desolló vivo, arrancándole la piel mientras su sangre caía sobre la tierra. El dios no quiso castigar solamente su derrota: quiso castigar su osadía. Quiso convertir su cuerpo en una advertencia para todo aquel que alguna vez pensara en desafiar el orden establecido.
Marsias murió como mueren los mortales: con sangre, dolor y miedo, pero se atrevió. Porque todo cambio comienza cuando alguien deja de inclinar la cabeza; cuando alguien se enfrenta a aquello que parece demasiado grande, demasiado poderoso o imposible de vencer. Ser mortal no significa vivir de rodillas. Marsias nos recuerda que, aunque los dioses puedan castigarnos, jamás podrán impedir que los desafiemos.
Que los dioses nos teman.
Marsias